Somos las estrellas que brillan en el cielo, individuales y distantes, conectadas por líneas invisibles formamos constelaciones. Somos las luces de la ciudad que alumbran la noche, separadas y a veces incontinuas pero formadas por la misma electricidad que emerge en un suspiro.

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Deseos

Tomar una pestaña entre los dedos, arriba o abajo, sopla, lanzar una moneda a la fuente, pensar hasta que se haga realidad, desear tanto hasta que el Universo no pueda decir no, trabajar hasta obtenerlo, lucha por lo que más quieres, pero cuál es el verdadero precio de nuestros deseos, si las cosas se dan solas ¿Entonces para que esforzarse, para que seguir un plan? ¿O son un pequeño aliciente en este mundo marcado por el tiempo, etiquetas e ideas sobre cómo vivir? ¿Deseos o sueños? Si los sueños nos hacen despegar los pies del suelo, los deseos nos hacen volverlos a poner en tierra para correr hasta alcanzarlos.
No somos tiempo, ni etiquetas, ni ideas sobre cómo vivir, quizá solo somos utopías dispuestas a quebrarse en el camino, kamikazes perfectos, dispuestos a dejarse la piel en el trayecto una y otra vez.

En su rostro estaban todas las estrellas; y en sus ojos brillaba el universo, el  adentrarse en ellos era descubrir galaxias desconocidas, viajar por planetas que desaparecían con solo mirarlos, volar sin alas ni aviones o globos aerostáticos, volar simplemente a consciencia, aún sin comprenderla. Pensar en la fuerza gravitatoria hubiese sido un suicidio, aún, sabiendo, que a su primer parpadeo era inevitable aterrizar.

Mirar hacia atrás no está permitido, no cuando estás a nada de caer, cuando buscar entre los recuerdos sería como revolver un puñado de cuchillas.

Un instante de fragilidad puede llevarte otra vez a ese inestable mundo que sabes que sigue en ti, a revolverte la mente con el corazón y volver el agua turbia, necesitas calma, claridad… date una pausa y respira, no te mires al espejo pues hoy eso no hace bien, no te mires en el pasado pues puedes engancharte, solo cierra los ojos y quédate aquí, en el presente, deja que el tiempo pase, que el agua se calme, a cada segundo alcanzas el futuro y de tanto pensar en él se te escurre entre las manos, y no vuelve, se pierde, quédate en ti y encuentra la calma.

El día que miré la Luna y me vi reflejada en ella, sola y completamente llena.
Resulta gracioso como las personas piensan que es forzosa la compañía de alguien para poder ser, cuando lo fundamental es ser, si llegamos a ese punto, ser nosotros mismos, sin más, sin ataduras a nada ni a nadie, sin tener miedo a expresarnos física, mental y emocionalmente, entonces llenaremos este planeta de Lunas, resplandecientes con luz propia, quisiéramos viajar hasta ella sin darnos cuenta que la distancia lunar es hacia nuestro interior, pero deambulamos en derredor a través de órbitas de abandono y desesperación y nos cuesta comprender nuestras propias fases, pero es precisamente en la Luna nueva, ese momento abrumador de obscuridad que aparece la luz cinérea, lista para acompañarnos al cénit de nuestro ser, y al vernos reflejados en ella, sabremos que no es inalcanzable, y que no hay que viajar tan lejos por idealizarla, porque esa Luna habita en ti, en mí, en todos.

Cuando me rompiste, o cuando deje que me rompieras, no tenía consciencia de la manera en que ibas a dañarme, tal impacto, tal durabilidad.
Hoy, no sé por qué, y para ser más sincera, debo confesar que desde hace unos días he venido pensando en ti, en nosotras, en lo que fue, en lo que no es. Toda experiencia es para madurar y llegar a este punto, para mejorar, para crecer, eso lo sé, ¿Pero por qué así? ¿Por qué de maneras que estén a punto de destrozarnos? Maneras que nos dejan rotos, descompuestos, aterrados. Aún no se me borra tu nombre, pero ya no me cuesta escucharlo y sin embargo es inevitable no pensarte cuando suenan ciertas canciones, ese cumulo de emociones que se concentran y se vuelven nostalgia y que se me llene la mente de diálogos con todas las cosas que me quedaron por decirte, ese nudo en la garganta, el ardor en los ojos, el dolor en el pecho, las ganas de respirar, las ganas de llorar, el odio, el rencor, el amor muriendo, desangrándose.
Es como ver una película por enésima vez, resulta tan cercana que llega un momento, apenas un segundo que te desconcierta y la sientes tan ajena que te preguntas si la habías visto antes, desconexión temporal de esté plano, sintiendo que no perteneces a nada, ni siquiera a ti, tu cuerpo no es tú cuerpo, ni siquiera un cuerpo, ausencia y desconcierto, solo por unos segundos, y sin saber cómo ni comprender lo sucedido regresas al presente, y te familiarizas y te adaptas y respiras y sientes y está bien, ahora estoy bien.

Despidiéndote: hasta siempre.

No te canses de vivir, aunque el alma duela, aunque sientas que ni el aire puedes respirar, no te canses de vivir, no pierdas las ganas de mirar el horizonte, de asombrarte con la vida, de admirarte con la luna. Si las estrellas no brillan está noche, espera un poco más hasta que se asomen y deja que te cuenten las historias que jamás te preguntaste. No importa si te caes, levántate, pero no tardes, porque aunque no lo creas siempre hay alguien esperándote. No pierdas el brillo en tu mirada ni la sonrisa de tus labios, pues el pasado se nos va entre los dedos, pero se nos queda en el recuerdo, quédate siempre aquí, en el presente, aférrate con uñas y dientes hasta que veas que el dolor es parte de sentirte viva, y que todo se cura y renaces de entre las cenizas.